DESTINO ESPIRAL

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La historia de este cuento estaba allí, escondida tras las capas de lo evidente, que de ordinario se superponen al subconsciente.
Una noche de verano de 1998, dormía profundamente. Era un día especialmente caluroso en un verano que, ya de por sí, era agobiante. Recuerdo que antes de dormirme alcancé a sentir que la piel se me adhería a las sábanas justo antes de recibir las gotas de sudor que, ajenas a mis preocupaciones, parecían derretirse antes de tocar la cama.
Serían las tres cuando me desperté de pronto. Nada lo había producido, sólo un pensamiento. Aquella historia que daba vueltas por mi mente se había materializado. Aún con los párpados cerrados, ya era otra vez parte del mundo. Esa historia estaba allí a pesar de mí, llegó de alguna parte inexplicable. Me levanté de la cama y, como un sonámbulo, fui al escritorio y escribí el relato.
De un tirón, como si me lo estuvieran dictando.
Terminé y regresé a la cama: no había pasado ni una hora.
Al día siguiente, después del desayuno, recordé lo que había sucedido. En el escritorio estaba el manuscrito y, evidentemente, era mi letra. ¿Cómo había llegado?
Tal vez el destino.
Sin corregir siquiera una palabra lo presenté en el concurso del CPACF cuatro años después. Como los vinos, en el cajón había sabido añejarse. Gané por unanimidad, y esa fue mi primera publicación literaria.
El cuento se llama Destino Espiral.
Y ahí ando dando vueltas, sin saber si él vino a mí o lo traje yo a este mundo.

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DESTINO ESPIRAL

Conocidas obsesiones de Jorge Luis Borges por cuestiones circulares e infinitas, harán que estos acontecimientos no parezcan más que una de sus ficciones o, para mejor decir a fin de salvaguardar las distancias necesarias, sean tan increíbles como cualquiera de ellas, aunque el relato no cuente con los detalles enriquecedores con los que transformaba a una historia fantástica en una obra maestra.
A pesar de ello, el ánimo me predispone por completo a proseguir con esta narración, puesto que, por asuntos que no son de estricto mérito personal pero que la sabia fortuna ha puesto de mi lado, mi historia cuenta con una ventaja insalvable que el gran escritor jamás ha poseído, y por la que sin dudas hubiese cambiado su grandeza: la veracidad de los hechos.
El desenfado de este texto no obedece más que a inexperiencia literaria, pero no por ello deberás, lector, confundirte y creer que es un muchacho quien lo narra: por mis flacos dedos corren más de trece lustros durante los cuales he guardado este secreto, en parte por no sentirme listo para narrarlos, en parte por no tener en claro su final. Así las cosas, resulta que tampoco ahora me ocurre ni lo uno ni lo otro, pero como las cavilaciones no están permitidas más que para quien dispone de tiempo, ya mismo llevaré a cabo esta tarea, pues la pasmosa convicción de que la muerte no es tan mala y de que Dios anda detrás de eso, no hacen de mi futuro un buen presagio.
Hacia mil novecientos cincuenta yo tenía veinticinco años, pero la diferencia entre mi imperturbable estampa de esos tiempos y este anciano, no es notoria en comparación con los cambios acaecidos en una Buenos Aires en la que lo único que se mantiene firme es el obelisco y el verano ardiente. Todavía era virgen la Plaza de Mayo, y por más que un Juan Perón rejuntara al populacho cada tanto, los bombardeos no llegarían hasta más tarde, por lo que podíamos caminar con el sombrero puesto, pues no había pólvora que les hiciera peligrar el equilibrio.
No era verano el día que todo comenzó: más bien un otoño moribundo, con las blancas manos del invierno retorciéndole el pescuezo. Un viento fuerte arreció desde Libertador, aunque bien pudo ser desde la Avenida de los Inmigrantes.
Veinte años atrás no hubiese caído en esta duda.
Incluso en Retiro los hombres andábamos de traje. Como para una postal en blanco y negro, al unísono tomamos todos la solapita del sombrero. Cualquiera que hoy viese esa imagen congelada pensaría que nos saludábamos los unos a los otros. El pasado confunde, y gracias a él inventaron la palabra pintoresco.
Me metí en la terminal de ómnibus como por casualidad, aunque no lo era, puesto que lo hacía desde siempre. No podía soñar en otro lado más que en el cafetín de la estación, viendo llegar y salir a los micros de Córdoba, Tandil o Montevideo. Yo también deseaba irme, escapar de la mugre gris de la pensión y volverme a Olavarría, pues la ciudad venía dándome de cachetazos desde hacía un año. Las historias de grandezas que le escribía a mamá se me iban acabando, se sabe, estoy subiendo cada vez más en la empresa, esperáme viejita, aguantá y no te pongas mala que en un tiempo ahorro un toco y nos volamos a los Estados Unidos, ahí te vas a curar de todo, allá las tienen todas pero no las mandan, a los gringos hay que dárselas en las narices.
Claro que a la distancia la mentira no tiene retorno. Pobre y en soledad, estaba varado en una Buenos Aires que no me necesitaba, añorando a una Olavarría a la que no podía llegar con las manos vacías como las tenía. Justamente en la vieja pensaba mientras me tomaba de un sorbo lo que quedaba del café, cuando la vi por primera vez.
No sabía entonces, pero averigüé después, que venía de Rosario. Llegó cargando un elegante bolso de mano, aunque nada podía compararse con ella misma. Nadie en aquella estación había visto jamás a una muchacha más hermosa. No es que fuese perfecta, sino que en cada uno de sus pasos denotaba que pensaba que lo era, una intención tan cercana a la verdad que no podía dudarse de ello. Su pelo era lacio y muy negro, y contrastaba con la piel de porcelana. Como indefectiblemente ocurre tras los pasos de las mujeres lindas, todo en ella parecía enigmático, y es que la belleza de por sí es un gran misterio.
Me avergüenzo de la inocencia de esos tiempos, pero faltaría a la verdad si no dijese que por primera vez veía a las piernas de una muchacha por encima de la rodilla. No contaban, claro, las mujeres del burdel de Talcahuano. Cinco centímetros de muslos en los cincuenta, podían mucho más que una colección de videos en el siglo veintiuno.
Descendió del micro con una impecable mirada al frente de lección, pues por entonces no se era una dama si antes no se había aprendido a serlo.
Me asombra que las mujeres de estos tiempos no comprendan que la distinción no se lleva más que en el paso y en los ojos.
Mercedes (más tarde supe su nombre) mantenía la firme decisión de ser elegante a toda costa, aunque a nadie podía engañar esa muchacha. Detrás de su tierna sobriedad de etiqueta se escondía una sonrisa jocosa, lo supe pronto cuando se le escapó una sin quererlo, creo que un purrete venía tan embalado para saludar a la hermanita que llegaba desde el Chaco, que se fue de jeta al suelo. Se rieron todos menos yo, pues no quería sacarle los ojos de encima para soñar un rato más despierto por la noche.
Dicen que los grandes actores no se detienen a mirarse en sus películas. Los que como yo no somos más que espectadores lo hacemos por ellos: no vivimos pero sabemos cómo hacerlo, toda una definición del fracasado.

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El inglés no quería mirar nada. Se apareció de pronto y, lo sospecho solo de tanto admirarlo, la habrá encarado en cuanto se le cruzó por los ojos; la duda no cabría en este hombre hasta más tarde. Ese la iba de galán porque lo era: “un protagonista fetem, fetem”, dijo uno por encima de mis hombros, tal vez la verdad que por primera vez me hablaba.
Medía casi un metro noventa, algo que los hijos de italianos o españoles no podíamos lograr de ningún modo. Era rubio, no como alemán sino agraciado, con la piel fina capaz de broncearse al sol. Sus ojos celestes, si miraban feo metían miedo, aunque dos hoyuelos incrustados a los lados de la boca lo hacían parecer eternamente amable. Mercedes se había sentado del otro lado del andén, justo enfrente de la cafetería. Parecía cansada, aunque la alegría de estar en Buenos Aires le abrillantaba la mirada. El inglés dominaba el castellano a la perfección, pues hacía quince años que andaba entre nosotros. Así y todo, tal vez para conquistar a las mujeres (como si algo no se hiciera para eso), mantenía el tono claramente extranjero, muy chicloso para la riqueza de su idioma, por lejos más completo que el mío. Llevaba, además, un chaleco de cuero marrón y una boina, pues los rubios altos pueden vestir como peones, y nadie dudará lo mismo quién es el que manda.
Un buen rato estuvo hablándole, primero desde lejos, después sentado junto a ella, al final casi en el oído. Ella, lo sé porque lo adiviné en sus ojos, ya estaba enamorada. El soplo de la voz del inglés pegándole en el cuello le haría cosquillas, porque levantaba un poco el hombro y sonreía sin mirarlo.
Sospecho que él se enamoró más tarde.
Sentados en el banco, conversaron el día entero, seguramente de nada interesante, pues solo querían estar juntos. Las luces que al mediodía se colaban por el ventanal se transformaron en sombras, pues el sol cruzó el cielo sin que ninguno de los tres (yo ya era parte) se moviera de su asiento. Por primera vez sentí que se cumplía plenamente lo que todas las mañanas buscaba en ese cafetín de paso: soñaba despierto, y en mi viaje pensaba que era ese muchacho. Ni una vez me acordé de mis miserias.
El crepúsculo sin dudas habrá sido creado para coronar ese momento. Las paredes habitualmente blancas, eran entonces rojas, rosadas y naranjas; una postal del pasado, pues ese es el color en el que lo recuerdo. Lentamente, como si todo sucediese según un orden preestablecido del que no podían escaparse, se levantaron del asiento siendo el cielo de la noche, Mercedes del inglés, y el inglés de Mercedes.
Adiviné que a punto estaban de despedirse, porque él ya se llevaba la mano hacia el bolsillo izquierdo del chaleco y extraía una libretita tan delgada que solo entonces supe que estaba allí. Que era mago no hacía falta demostrarlo, porque solo alguien con esos dotes podía convencer tan pronto a esa belleza, pero aún así se reafirmó en su talento, sacando, o pretendiendo hacerlo, un lápiz de madera desde atrás de la oreja de Mercedes, que ya mostraba plenamente esa sonrisa que horas antes le había adivinado.
Por mi parte, ya era el gran espectador.
No he vuelto a ver un amor tan verdadero. Mercedes se atrevía a ser ella misma sin lección alguna, y de cuando en cuando, principalmente si el inglés pretendía decir algo inteligente, le acariciaba la mejilla, todo cosa de un segundo, como si el terciopelo de sus manos no pudiese adherirse mucho a nada. El placer del futuro predispone al juego. Mercedes no le dio su dirección, sino que lo desafió a seguir con ella un rato más. Él, rendido a sus encantos, no podía desear nada mejor. Tímidamente por la conmoción de lo nuevo, pero seguro de su derecho, le rodeó la cintura hasta abrazarla. No la besó tan solo para disfrutar de una maravilla a la vez.
Como si salieran de la pantalla del cinematógrafo, noté con estupor que se me acercaban. Primero creí que me habían descubierto, pero en el momento en el que ya la vergüenza a punto estaba de hacerme llorar, vi que se sentaban en la mesa de junto, y que, abstraídos en su pasión, por nada podían descubrirme.
Me reí de mí por última vez en mi vida.
Cambiaba la importancia de mis sentidos. Ya no podía verlos, pero sí escucharlos, aunque de poco servía aquello: tomados de las manos, incrédulos de su fortuna, se miraban en silencio.

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Una hora transcurrió de esa manera. Al fin, rompieron el silencio las pocas palabras que siguen:
-Mercedes, mi amor, no deseo más que despedirme hasta mañana, porque aún no pude extrañarte.
-Está bien, pero no quiero que te marches sin saber que te amo. Todavía no besé tus labios, pero ya sé que son profundos; no toqué tus brazos, pero nadie mejor que yo sabe que son fuertes. Antes de hoy hubiese sido incapaz, no solo de decir estas cosas, sino siquiera de pensarlas. Pero es que apenas hoy me he conocido.
-Mi historia también se marcó a fuego: nunca antes hubiese admitido la posibilidad de concebir a la existencia de Dios como una verdad. Hoy, en cambio, es la única certeza que poseo. Nadie más que un poderoso bienhechor se daría a conocer a través de sus más preciados tesoros, el amor y la belleza.
-Razonablemente, nadie escapa a su destino.
-Pero pocos le sonríen.
-Por favor, andáte que quiero saber que me estás extrañando.
-Dame tu dirección –dijo él, desenvainando en vano su libretita por segunda vez-
-No, mi amor. El destino fue tan maravilloso con nosotros, que hoy nos demostró de manera irrefutable que existe y está de nuestro lado. En poco tiempo nuestro amor será algo mucho más grande que estas cosquillas que siento en el estómago, pero sería bueno disfrutarlas un día más.
El inglés comprendió pronto, mucho antes que yo.
-Tenés razón –le dijo- Hoy descubrí que Dios, además de existir, me favorece. No puedo hacer menos que demostrarle mi fe, confiando en que mañana nos reunirá para siempre.
-Entonces volvamos mañana para confirmar nuestro destino…
-Y a Dios organizándolo –interrumpió el inglés- Mañana, a las once de la mañana, te espero en aquella columna –señaló-
-A las once ahí.
Se levantaron sin dejar de mirarse ni un momento. El inglés le tomó las manos temblando, como un hombre debe hacer ante el amor. Suavemente acercó su boca a la de Mercedes, quien, riéndose de saberse seduciendo, interpuso su mano y le dijo:
-A su tiempo, en esa columna, recibirás el último primer beso de mi vida.
Se separaron. Alternativamente, uno y otro se tornaban para verse. Si bien no llegaron a cruzarse, ambos sabían que lo mismo hacía el otro.
Noté que todas las veces sonreían.
Me incorporé tras ellos. Mientras caminaba en una tercera dirección, caí en la cuenta de que ya era más de medianoche.
A la mañana siguiente me desperté tras unas pocas horas de descanso, durante las que no pude soñar nada. Con la parsimonia que da una decisión tomada, me cambié como para el teatro, o sea, el moño por la corbata y la gomina prolija por debajo del sombrero. Sin saberlo, bajo ningún concepto faltaría a mi encuentro de las once, pues aquella historia no debía transcurrir sin espectadores, como se confirmaría más tarde. Va contra la historia del hombre que ciertas cosas no se sepan nunca.

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Cuando, a las diez y media, ocupé la misma mesa que el día anterior, vi que una mujer delgada se apoyaba por detrás de la columna, haciendo rebotar nerviosamente una de sus piernas. Fue cuestión de un segundo que la rodeara hasta quedar de frente al bar. Mercedes era otra mujer. El amor destruye vanidades.
Estaba más hermosa que la víspera, pero menos natural: la única seducción real es la espontánea. Ya no sonreía, nunca sabré si por el miedo, o porque las guardaba todas para su inglesito.
Faltaba un cuarto de hora para las once. Me alegró saberlo, pues descubrí con ello que podía mirarla un rato más.
Se sabe, la puntualidad es un desesperante invento inglés.
Un minuto antes de las once, Mercedes caminó al puesto de revistas para comprar el diario. Fue entonces que llegó el inglés secándose las manos contra el pantalón. Las manos sudorosas suelen ser un mal presagio. De la solapa del saco brotaba un pañuelito gris. Esa mañana le envidié la pinta, y me pregunté cómo no había pensado en algo tan obvio yo primero. Aún no sabía que lo genial es tal porque parece sencillo, pero a nadie se le ocurrió antes.
Ya no concibo otra elegancia que no sea la de aquel hombre.
Se puso del lado derecho de la columna. Fue cuestión de apoyarse que miró el reloj y esbozó una pequeña sonrisa de amargura. Es probable que no fuera por el temor de que Mercedes no se presentase, sino por la triste constatación de que una argentina no le daría, por lo menos, el gusto santo de la puntualidad.
Un minuto después volvió Mercedes. Con las dos manos (confieso ahora el acto más femenino de mi vida) tomé los bordes de la mesa, a punto de explotar yo también por la emoción. Por la noche no había dormido hasta entrada la madrugada, imaginando que el inglés le daba flores y lentamente le tomaba el brazo para sacarla de allí.
Mercedes se apoyó del otro lado de la columna. No tocó siquiera el diario, y adivino que jamás lo habrá leído. Durante quince minutos ninguno de los dos se movió. Ya a las once y veinte en sus gestos no se veía más que una tristeza inesperada, que es la peor de las tristezas.
Finalmente, el inglés decidió escudriñar por el otro lado cuando, con una sincronización pasmosa, Mercedes decidía ir al baño, que quedaba sobre la derecha. El muchacho descubrió el lado opuesto en el instante en el que Mercedes ganaba el baño. El inglés caminó unos pasos hasta el andén, y luego regresó al lado izquierdo. Ella, una vez fuera, se apoyó en el derecho.
El lector se preguntará acerca de los motivos por los cuales no les di aviso. Diré que, en un principio, la curiosidad me había transportado tanto que no concebí la posibilidad de intervenir, aunque en los días siguientes durante los que los desencuentros se sucedieron, lo que me aquietaba era la envidia, el irrefrenable deseo de que esa muchacha jamás perteneciera al inglés.
Poco a poco, también yo formaba parte de la historia. Mamá enfermó de cama sin que yo pudiese hacer más que escribirle, pues por nada podía faltar un día. Creía que en los sucesos mi presencia era una parte vital, y aún lo creo, pues si no hay explicaciones, no hay restricciones tampoco. Las parrandas con los amigos me resultaban insoportables, ya que a la mañana siguiente la resaca hacía peligrar mi puntualidad inglesa, hasta en eso lo copiaba. Mamá falleció sin mí, y de ese modo fue enterrada.
Como para Mercedes y el inglés, el libro de mi vida había quedado de una sola página.
Varias veces estuvieron a punto de encontrarse. Uno caminaba por delante del otro, se veían las espaldas, cruzaban sus miradas en el preciso instante en el que un desconocido pasaba por entre los dos. En un principio pensé que no era más que una casualidad entretenida, pero cumplido el mes de semejante rutina, no pude dejar de tener en cuenta a lo sobrenatural.
Como el inglés, nunca creí en Dios lo suficiente, y mucho menos en el destino. Creía en el placer de decidir, de estar irremediablemente sujeto a la concatenación de causas y efectos.
Pero no existen los imperativos categóricos, ni siquiera para creer en Dios o en el destino. El día en el que Mercedes y el inglés conocieron al amor, pretendieron ir más allá. Pero el amor no permite disgreciones.
El juego que una tarde mágica había comenzado en los labios sonrientes de una niña, terminó siendo el drama de dos vidas, no incluyo aquí a la mía por respeto. Ni el más perfecto de los laberintos hubiese precavido con tal exactitud los movimientos que durante años dieron esos dos desafortunados, eternamente desencontrados.
Yo, desde entonces, creo plenamente en el destino, pero no adelanto de qué lado juega.
Nunca se encontraron. Nunca dejaron de buscarse.
Mercedes, cada tanto, lloraba en el andén. Todas las veces, mientras se tomaba la cara, el inglés se sentaba en el bar mirando hacia otro lado, o le pasaba por delante atento a la gente acumulada tras los micros. Ni un solo día faltaron, ni yo dejé de ir a mirarlos. La sincronización de tan increíbles movimientos comenzaron a parecerme una pintura, la armonía del arte.
Reconozco que jugué con su desdicha.
En una ocasión el inglés se me acercó. Me preguntó si no había visto esa tarde a una muchacha hermosa y agraciada. Le dije que su descripción era muy vaga, pero me contestó que para reconocerla bastaban esos datos. Lo miré a los ojos para que no le quedasen dudas y le dije que no, viendo a Mercedes por encima de su hombro, que daba vuelta a una página de Cumbres Borrascosas. No llegamos a ser amigos, pero varias veces conversamos. Jamás volvió a mencionar a la muchacha que buscaba. Siempre se comportó conmigo como un caballero, incluso invitándome el café.
Como nadie podía conocerla mejor que yo, unos años después me le acerqué, pues mi maestro ya se había marchado. Esa tarde no dejé que pagase mi cuenta.
Me casé con Mercedes, que falleció hace una semana, plácidamente dormida entre mis brazos después de cuarenta años de cariño. No hablo de amor: Kierkegaard tenía razón, “así de enamorado se está solo una vez en la vida”. Jamás mencionó ni a su historia ni al inglés. Yo ya no fui a verlos. Ni un solo día Mercedes dejó de ir a buscarlo, de once a una. Me decía que le gustaba caminar al mediodía.
Por supuesto, nunca lo encontró. Poco me preocupé por sus paseos, pues el destino, o Dios, o la concatenación de causas y efectos, ya había decidido cuando Mercedes le dijo que no a la libretita.
Al inglés le fue peor, porque esta mañana lo he visto parado del lado derecho de la columna, sostenido por un roído bastón de madera. Ciertamente, está muy desmejorado.
Mañana me levantaré temprano: por nada quiero perderme a los ojos de ese anciano cuando, a las once en punto, mire su reloj y sueñe con Mercedes.
Tal vez todavía me recuerde. Entonces lo acompañaré, y buscaremos juntos.

FIN

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*Este relato está Registrado a nombre de Leonel Angel Mitre, con todos los derechos reservados. Ya publicado en un libro de antologías, se prohíbe la reproducción total o parcial, así como cualquier utilización de él que no sea la mera lectura. Para cualquier otro uso, será condición pedir permiso expreso a Leonel Angel Mitre, bajo penas legales correspondientes.

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