L’autre monde

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Ok, ver cine francés después de la “nouvelle vague” suele ser un suicidio intelectual, casi un despropósito. Obras maestras como las que por entonces creaban Trouffault, Godard o Chabrol han pasado al club de los extintos desde hace tiempo, y es así que andamos tras pequeñas gotas de sudor francés que puedan refrescarnos, sales perfumadas que al menos amortigüen la frustración de ya no tener aquellas exquisitas genialidades que todo lo podían transmitir. Algo así como sucede en la literatura con la “beat generation” americana, pero ese es otro tema.

El asunto es que lejos de movimientos revolucionarios y profundamente conceptualistas, el cine francés aún sabe hacerlo bien.

Pocos instantes de placer tan puro y oscuro he pasado en mi adolescencia como aquella tarde en la que, en la sala 3 del desaparecido cine General Paz, nos regalaban una semana en cartel de una obrilla maestra que llevaré conmigo siempre, “Le parfum d’Yvonne” de Patrice Leconte, film que merecerá alguna vez su propio reporte, si es que finalmente me animo a hacer el link al que vengo temiendo desde que decidí escribir en este blog: El panteón del cine, espacio en el que reflejar las obras maestras que van con nosotros adonde sepamos dirigirnos.

Por ahora, en cambio, me conformaré con comentar a las películas que vea. Tan sencillo como eso, lo que caiga (FBI, yo no hice nada) desde Torrent hasta mi computadora encontrará por aquí algún comentario, y si a alguien le interesa, una pizca de recomendación (o de las otras).

Por supuesto, quien esté en este blog sabrá ya que todo lo hago por el perenne placer de escribir, lo que sea y donde sea, jugando con la imagen de nuestro adorado Marqués de Sade haciéndolo con sangre hasta en las paredes pétreas de una prisión. Todo este preámbulo (uffff Leo, dale) no es más que para comentar la peliculilla que bajé dos noches atrás, y que miré después de colarme tres documentales de Vice, dos Spritz y una ola de calor que, superados los 40 grados, lo deja todo semi desvanecido al estilo “miradadeJohnnyDeepenPanicoylocuraenLasVegas”.

De modo que estaba yo tendido en la cama a las tres de la madrugada cuando puse la peli. La había descargado porque en algún refrito había visto que en el 2010 fue nominado en Cannes, pero muy especialmente porque la protagonizaba Louise Bourgoin, una de esas bellezas extraordinarias que lo valen todo (deidad al estilo de la ya mítica y enigmática Sandra Majani) y me dejan con la amarga sensación de que al final soy un poco voyeurista, mal que me pese y a pesar de creer que eso sólo sé describirlo en cuentos (como en mi Destino Espiral, cuento que anda por alguna parte de este blog). Ya había visto de esta niña “L’amour dure trois ans”, “La fille de Monaco” y “Les Aventures Extraordinaires d’Adèle Blanc-Sec”, y en todas había llegado al mismo par de conclusiones: esta mujer no puede ser tan sexie y…¡no puede trabajar en pelis tan malas!

Pero una mujer bella es una mujer bella, y lo vale todo. Y si no que lo diga mi novia, que así me lleva de los pelos como quiere.

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L’autre monde es un buen film. Arranco diciéndolo así, para que quede claro desde el principio. No es excelente pero sí digna de ser vista, al menos en un momento cualquiera en el que haga falto algo de charm.

La primera mitad es, lejos, de una calidad infinitamente superior al resto. A los maravillosos paisajes del mar montañoso y fluorescente del sur de Francia, se suma una historia que parece a punto de convertirse en una de esas que nos harán recomendarla por doquier. Promediaba el film y yo me decía que lo primero que diría al comenzar mi crítica sería: “¿Pero cómo es que estas películas no llegan a nosotros con más fuerza”.

Contiene algo puro y a la vez inquietante, una singular incandescencia que genera la luz cristalina de unos niños descubriendo al amor en un verano de sol y playas, con la oscuridad llevada sin exageraciones de almas corroídas por la noche y submundos que a la mayoría le son desconocidos.

Los efectos visuales que varían ente paisajes naturales y un ambiente de animación (bastante inesperada al principio, cumpliendo su función de asombrar), nos envuelve en un vaivén emocional que parece dirigirse al objetivo de lograr una gran película que podría quedar en nuestro subconsciente (siempre tan dispuesto a guardarse todo lo francés que además es bueno) un tiempo largo.

En materia técnica está bien lograda, una buena noticia extra, pues desde hace un tiempo asiáticos y europeos han derribado la barrera de la exclusividad tecnológica que parecía poseer Estados Unidos.

Pero decae.

El último tercio palidece hasta perderse en la necesidad de cerrar un argumento que, o necesita más tiempo, o requiere más talento. Ese sabor amargo va apareciendo poco a poco, mientras descubrimos que una pequeña obra de arte que trataba de la profundidad humana en todas sus forma termina reducida a una ensalada de policial y suspenso indigna de todo lo que la había precedido.

Sin embargo, en conclusión resulta una película recomendable. Que pudo dar mucho más es tan cierto como que habremos pasado un buen rato y habremos buceado un poco en ciertas profundidades que se mantendrán unas horas dentro nuestro.

Claro, si es que alguno fue capaz de escapar de la hipnosis sugestiva de Louise…

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Sinopsis:

Durante la temporada estival en el sur de Francia, Gaspard se regocija en la idea de poder hacer lo que le venga en gana en su casa ahora que sus padres se han marchado. Sus amigos Yann y Ludo están siempre con él, dispuestos a hacer perder el control mientras Gaspard descubre el deseo y quizá el amor con Marion. Pero en este marco veraniego y soleado se cuela un mundo oscuro e inquietante, el de Audrey y su hermano Vincent, el mundo de “Black Hole”, un juego en red donde a través de su avatar, “Sam”, Audrey parece estar cada vez más cerca de encontrar una pareja para morir.

Un desencuentro de dos almas que sólo en otro mundo podrían encontrarse.

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