Mi primer chupín a los 38: NO HE MUERTO!

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Antes de comenzar, debo aclarar que hasta el momento de realizar esta experiencia estaba absolutamente convencido de que en los chupines sólo entraban los delgados rockeritos (¡quién pudiera serlo!) o esos rellenitos heavy metal a los que ya no les importa nada, y es así que les da lo mismo el ridículo de un físico amorfo dentro de un chupín negro como un pelo hasta la cintura o el tatuaje de una calavera.

Para un hombre de mediana edad, meterse en un chupín (lo pensaba así, no era “ponerse” uno sino “meterse” en él, como entrar a un submarino) es asimilable a subirse a una plataforma de 30 centímetros para una mujer (porque chicas, es hora de que alguien se los diga, es una aberración al buen gusto verlas tambalearse como equilibristas principiantes mientras pierden por completo ese air du femme fatal del que tanto carecen quienes, precisamente, se montan a esos zuecos).

Pero, se sabe, los avatares de la moda vuelven normal lo que poco antes parecía impensado. Es así que ahí estaban los chupines, de lo más sonrientes en todas las vidrieras que antes, un poco más clementes, podía mirar creyendo que también yo estaba habilitado para vestir sus ropas.

Todo comenzó más o menos una noche en la que Clarita, mi profe de yoga (actividad que ya no practico porque, aclaremos, ella abandonó a sus alumnos para dedicarse a tener pequeñas y lindísimas crías con mi mejor amigo), me propuso que le pida a Tomy D una tarjeta de descuento, ya que él (el mencionado padre de las pequeñas) le había hecho la publi varias temporadas a la marca de Diego. Acababa de decirle que hacía un par de años que no aprovechaba los sails europeos y por ende necesitaba un reajuste de placard, y la idea no era mala, ya que un lustro atrás ella misma me había presentado a Diego Romero, uno de los dueños de AY NOT DEAD,  con quien había ido un par de veces a ver a San Lorenzo (dato que deberá quedar anotado off the record, ya que ir a la cancha y ser diseñador fashion “no da”, aunque después de Mauri Macri ya quedó todo confuso). Como fuera, el consejo era perfecto, salvo por un detalle: ¡AY NOT DEAD sólo vende chupines!

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No me animé a decírselo, pero reí para mis adentros. “Se nota que vos podés ponerte cualquier cosa”, pensé. Es delgadísima y joven. Y agregué, meneando la cabeza en un gestillo que ella no logró interpretar: “Chupines a los 38, por favor…”.

No había logrado meterme en ellos ni a los 17. Lo más cerca que había estado de algo así había sido en la época de la secundaria, cuando hice que una costurera rumana me achicara unos pantalones de cuero negro por los que mi madre se había gastado la mitad del sueldo, y que apretaban tanto que, al andar, me tornaba para ver en donde estaba el engranaje oxidado que crujía detrás de mí. Fue un fracaso estrepitoso que utilicé algunas veces más tan sólo para ahuyentar la idea de haber tirado el dinero a la basura, pero ciertamente lo había hecho. Mis amigos rockeritos se veían divinos con esos cueros adheridos a las piernas que coronaban los borceguíes, pero mi contextura era más ancha, más fuerte, más deportiva. Nunca sería Robert Smith, lo había asimilado hacía más de veinte años. Aunque por entonces la guerra treinteañera contra la incipiente panza no había comenzado, y mi cuerpo estaba en el cenit de sus posibilidades visuales, ni siquiera así encoger los pantalones había funcionado. Intentarlo dos décadas más tarde sería suicida. No había nada más que hablar.

Pero siempre hay que contar con la presencia de una mujer: “Dale Leo, modernizate.” “Dale Leo, yo todavía tengo veintipico, ya que salgo con uno de 38 que no se note tanto”“¡Dale Leo, te queda genial, no lo dudes, te cambia todo!”

Paula me miraba suplicante. No era tanto porque realmente me viera mejor metido en unos jeans elastizados justo el año en el que aumenté diez quilos porque dejé de fumar mis ya nostálgicos 60 cigarrillos diarios, sino más bien porque el noventa por ciento de las marquesinas de las tiendas de los shoppings vestían a sus maniquíes con ellos, de modo que era ya una cuestión de actualización. “¡Joder!”, resoplé metiéndome en mi personaje favorito, el de español (lo utilizo mucho en las filmaciones, mientras viajo; es un documentalista bastante gracioso, deberían conocerlo… admiradores de Roger –American Dad- me habrán entendido).

En fin, digresiones mediante vuelvo al ruedo del chupín. “Joder”, resoplé sacudiendo la cabeza en señal de negación. Sabía que mi chica pensaba más con la revista en la mano que con los ojos posados en mi cuerpo, y en esa visión, claro, los chupines quedaban geniales. La campaña de la última temporada mostraba a un adonis más o menos de mi edad seduciendo desde todos los ángulos a Calu Rivero semidesnuda y entregada, de modo que, claro, esos chupines parecían la cúspide de la onda…¿Pero en mí? Ya al probarlos me llegó un atisbo de claustrofobia. No podía entender que hombres maduros que además en algún momento mantendrían relaciones con sus respectivas mujeres (u hombres, yo qué sé), fueran capaces de meterse en esos trocitos de tela prensada. La entrepierna tiraba y los atributos que la naturaleza me otorgó parecían dispuestos a subir hasta la garganta. Era impensable, imposible, inaceptable.

Pero, ya lo he dicho, cuando una mujer… salí de AY NOT DEAD con la bolsa blanca y negra -muy canchera- y el chupín dentro. Lloriqueé todo el camino de regreso a casa, sabiendo que había tirado mis ochocientos pesos (ni siquiera me acordé de aprovechar los descuentos propuestos por Clarita), porque no me había animado a decirle “no” a una mujer que me insistía que “sí” (la mía) y a una vendedora que pareció agotarse de mis dudas aún antes de darme la prenda para que la probara.

Suelo comprar ropa que no utilizo sólo para no desencantar a las vendedoras.

Yo había entrado a la tienda para darle el gusto a Paula. Jamás, jamás pero jamás hubiera aceptado ponerme un chupín a los 38 años.

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Ya está, ese tren pasó hace tiempo, descarriló en alguna parte y no regresará nunca. Los chinos ya no los fabrican, trencito viejo y querido que quedaste fuera de circulación, por aquí ya no transitarás ni a palos…”

Frente al espejo, le hablaba al trencito imaginario que de pronto y sin aviso previo se había montado a las modernas vías y se había detenido en mi estación. Ahí estaba yo, con la barriga incipiente de los 38 años bien llevados; buena comida de Sardegna unos meses, grandes asados argentinos últimamente, los sesenta cigarrillos liados que ya no estaban hacía tiempo, y a fin de paliar su triste ausencia las manos que abrían y cerraban la heladera cada media hora. Y así durante un año, bastante bien estaba la pancita y los diez quilos nuevos, ya que pudo ser peor. Conseguiría disimular a menos que… ¡me metieran en un chupín!

La responsable del desastre me veía revolverme frente al espejo y parecía encantada. Vamos, yo ya no me hacía cargo de nada, y en definitiva sería ella quien sufriría los avatares de los atributos torturados…

 

Pero no resultó como esperaba. Las sensaciones no eran tan terribles. En rigor de verdad, hay que decirlo, el sistema va la mar de bien con un sutil aumento de peso: los pantalones se estiran según lo que contiene, y es así que la cintura no aprieta y los movimientos pueden realizarse normalmente. Hasta que me lancé a caminar; al hacerlo la primera vez parecía un cowboy a punto de comenzar el duelo. “Joder con esto de andar con tiro bajo, tío”, dijo otra vez mi alter ego español. Sentía que mis piernas se juntaban a mitad de los muslos. Pero otra vez se hizo soportable, es cuestión de trajinar un poco que se amolda al paso y al cuerpo hasta que la mente asimila el cambio.

Y ahí andaba yo, metido en mis primeros chupines a los 38 años. Mi chica me recordó lo bien que me quedaban durante toda la noche (seguramente para aminorar la culpa), pero la verdad es que al final me había olvidado. Al recorrer las calles me miraba en cada vidrio que encontraba, pero sinceramente no se notaba tanto la diferencia. Como aprendí en yoga, al final no somos más que el resultante de un estado mental.  Cuando llegó la última prueba, que era encontrar a mis amigos en el bar, todo sucedió naturalmente. Es ya tan normal ver a los hombres embutidos en los pantalones ajustados (y está tan de moda), que ni siquiera se percataron de la diferencia.

Pedí un spritz, pasé media copa de un trago y brindé en secreto, conmigo mismo. Era oficial: estaba dentro de mi primer chupín a los treinta y ocho años. Me dije: “finalmente, no he muerto. Sí, I not dead”.

Solitario chupin

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