Welcome to Viceland!

Vice Collage La primera vez que la revista Vice llegó a mis manos, experimenté una de las máximas de mi guía literario, el gran Henry Valentine Miller, que pregonaba que las mejores ideas suelen presentársenos en el baño, y por eso tenía al suyo con las paredes cubiertas de un sinfín de notas, cuadros y afiches que ayudaban a su inspiración a que se presentara.

Agotado de leer las etiquetas de los potes de cremas (y ya rendido a la imperiosa necesidad de permanecer un poco más en el cuartito de un hogar ajeno), encontré uno de esos números antiguos que quedan arrumbados entre el bidet y el inodoro desde tiempos inmemoriales, y me sumergí en una nota sobre Terry Gilliam, parte de los míticos Monty Python’s y director de Time Bandits, Brazil, 12 Monkeys y Fear and loathing in Las Vegas (entre otras obritas maestras). Estaba en lo de un amigo que solía estar a la vanguardia (si algo como eso existe), de modo que cualquier cosa que cayera en mis manos tendría, como mínimo, el beneficio de la duda. La verdad es que llevaba ya unos años viajando casi todo el tiempo, por lo que estaba bastante desactualizado de lo que se leía, se escuchaba o se vestía. Errar por el mundo es muy emocionante pero acaba por convertirte en vagabundo, y es así que al final la única manera de saber qué pasa en el planeta es visitar conocidos que nos pongan en upload. Como sucedía con la RollingStone, la Wipe o la Urb Connection, cualquier revista con diseño moderno y tono descontracturado me caía bien de inmediato, pero al leer la nota de Gillian vislumbré -cuestiones instintivas-, que podía haber una zona a la que aún no había accedido. Cuando, durante los meses siguientes, intenté hacerme con otros números, sin excepción terminé chocando contra un muro infranqueable: la revista no se publicaba en Argentina. Alguien habría traído la que había ojeado desde Estados Unidos, España, Colombia o México, pero no había forma de hacerse con otra. De modo que debía esperar a mi siguiente viaje a Europa. Pensé en suscribirme y recibirla desde el exterior, pero había tantas trabas de importación en Argentina que resultaba agotador y preferí dejarlo allí. Tampoco iba a volverme loco por conseguir una revista. Pero aquello quedó guardado en alguna parte de las capas interiores de mi mente, latiendo como el corazón delator de Poe. Adonde fuera podía escuchar el clamor de mi intelecto, que pugnaba por acceder a esa revista. Fue así que di el pequeño paso, que resultaría en uno de los cambios más profundos que mi personalidad experimentaría en lo que a sus relaciones con mis semejantes se refiere: visité el site de Vice. ¡Wow! tumblr_lzoaujN7oX1qgfo9ko1_1280 Fue una revelación, una puerta que se abría y descubría para mí un mundo infinito plagado de colores que hasta entonces me habían sido desconocidos. Como alguna vez escribí sobre los “Colores Ilegibles” de las letras de Van Gogh, debería decir que Vice pintaba con la paleta de los “colores invisibles”, esos que no podían verse más que allí. Vice no era una revista y tampoco era un sitio web, sino que Vice era (y sigue siendo) un mundo en sí mismo. El mundo de Vice, como Wonderland o Neverland. Acceder al contenido que los diferentes sitios Vice ofrecen es, sin temor a caer en la exageración, montarse a los designios del Sombrerero para dejarse llevar hasta caer en Viceland. En la actualidad, cada día recorro Viceland con pasos trémulos y emocionados, casi acechantes. Ahí está todo como el cuarto gigantesco de un faraón egipcio, una sala de tesoros y riquezas, el infinito abarcado por la infinitud de la cultura, una viaje y una aventura, una universidad y un gueto. En Viceland soy un yonki adicto a… Vice. Desde hace un rato le doy vueltas al asunto de explicar exactamente en qué consiste, pero al final he decidido desistir porque no hay modo de abarcarlo. Si de todas maneras me viese obligado a ordenar en un limitadísimo número de palabras la idea de lo que el contenido de Vice consiste, debería decir que es la más completa visión de todos los acontecimientos del orbe, desde los ojos de mucha gente joven que además tiene mucha onda. Sé que parece una tontería que no dice nada, pero es que en verdad es lo que es. Lo primero que hay para decir es que toca TODOS los temas, de un lado y del otro pone de cabeza cada evento más o menos importante que ande sucediendo por ahí. Rock, drogas, política internacional, humanismo, arte, filosofía, viajes, amor, deportes, sexo. Y drogas otra vez. Mi ritual es más o menos siempre el mismo: dejar que la noche se cierre sobre el cielo y ese silencio que sólo sabemos encontrar los noctámbulos comience a roer las paredes de las calles hasta hundirlo todo en el hechizo del silencio citadino, casi un milagro. Sólo por el placer de potenciar la intimidad me pongo los auriculares y apago las luces, ya del todo dispuesto a sumirme en la magia de ese mundo que comienza a abrirse en la pantalla y que, poco después, ya se ha expendido a mi alrededor hasta conformarlo todo. Ya estoy en Viceland, he cruzado el portal y la otra realidad está allí, conmigo o, al menos, al alcance de la mano. Lo que sigue es una especie de éxtasis que sólo un escritor puede comprender, pues la sensación es similar a lo que me ocurre cuando escribo. Ya no sé bien en dónde estoy ni cómo es que se desarrollan los acontecimientos. Abro una pestaña y después otra, de link en link selecciono notas, leo artículos y cargo un documental tras otro, un informe sobre otro. Entonces es cuando Viceland acontece, y es tan basto que terminar por abarcar cualquier asunto que pudiera interesarme, cultura, arte, música, política, drogas, cine, literatura, tecnología, personajes extravagante o almas atormentadas, seres entrañables o despreciables, locuras inimaginables que de ahora en más deberé imaginar porque en alguna parte están marchando. 1297698949 Después de recorrer el mundo (me refiero a recorridos físicos, presenciales, esos ordinarios que se hacen con el cuerpo y los aviones), debo decir que pocos viajes han sido tan abrumadoramente precisos como los que pude realizar en Viceland. Es así que entre muchísimas experiencias que ya se filtran en la memoria como agua entre los dedos, recuerdo ahora  que he estado en los países árabes desde el lado del ejército y el de las guerrillas, en sangrientos rituales africanos, en campamentos de heroinómanos o en plantaciones infinitas de cannabis. He conversado con narcotraficantes colombianos y piratas informáticos, he conocido los desastres fronterizos de México o he andado la aventura de un boxeador devenido en chatarrero en Barcelona; acudí sin peligro a visitar a un brujo que maldijo una pierna que efectivamente casi termina en la basura, o conocí a un caníbal asiático pequeñito y enfermizo cuya mirada no hacía más que convencerme de que seguiría su banquete aunque debiera servirse un periodista. Sentí nostalgia mientras seguía los pasos casi extintos del hobo americano o el terror de alzar la voz en el nuevo régimen de Egipto. Pero lo mejor de Viceland es que los pequeños dioses creadores del submundo son como nosotros, jóvenes informales que piensan y dicen y actúan más o menos cómo un ser humano normal con dos dedos de frente haría, algo obvio cuya cualidad de racionalidad es imposible encontrar en la enorme mayoría de los medios de comunicación. Más allá de la apertura para temas irracionalmente tabúes como las drogas o la pornografía (algo esperable para publicaciones de ese estilo), lo que atrae de la revista y el site de Vice es que esos mismos muchachos, de veintitantos años, jeans ajustados y remeritas a la moda, van a fondo con temas políticos cuya presencia es delicada y peligrosa. EXACTAMENTE como siempre hemos dicho que lo haríamos, con la diferencia de que, en Viceland, además de decirlo lo hacen. Ladies and gentlemen… welcome to Viceland: http://www.vice.com/es v18n5 001 cover (0.25").indd

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