La Grande Belleza

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De manera formal, atado a los costumbrismos de las representaciones artísticas, ensayo aquí un comentario y breve reseña de una película. Hasta allí no he faltado a la verdad en nada, y sin embargo, dentro de mí, atascado entre las capas subterráneas de mi mente, sé que no dije lo que siento pues, de manera indudable, debo afirmar que en verdad de lo que se habla cuando se trata de “La Grande Belleza”, es de una pintura. Un cuadro largo y dinámico, plagado de colores y provocador de un sinfín de sensaciones plásticas.

Una obra de arte en su acepción completa, que abarca todo lo concerniente a las captaciones sensoriales.

La Grande Belleza es a todas luces un film maravilloso y culto, de esos que el cine italiano (antaño como regla, hoy como excepción) sabe regalarle al mundo.

Desde el primer minuto el espectador avezado, ese que más que público es un buscador de tesoros, sabe que se ha topado con una obra maestra que quedará prendida a la memoria. Sin embargo, antes de entrar a comentar las percepciones a las que delicadamente nos lleva el director, es obligado arrancar con la mención de Luca Bigazzi, un ilustre desconocido para todo el mundo, un nombre perdido entre los créditos, pero que en este caso particular cobra una importancia trascendental, al nivel del director o los autores, ya que es el encargado de la fotografía, quizá lo más logrado en un film que lo ha logrado casi todo.

Repito: a la mitad ya no sabía si estaba frente a una pantalla o sentado en un corredor de la “Galleria degli Uffizi” en Firenze.

Pero tras la obra plástica desarrollada en movimiento, hay una película que no le va en saga. Un film inmortal, y eso que a los inmortales se los descubre cuando el tiempo pasa y aún no han perecido, y no apenas nacen. Sin embargo, como llevando la marca del santo grial en la frente, este film llegó para quedarse en las marquesinas de los recuerdos cinematográficos más preciados, colgado en las vitrinas de lo evidentemente talentoso.

Desde el título, todo les ha salido bien. No había otro nombre para lo que es, sin más, inmanente a la particularidad de una obra de arte. Un trabajo bello sobre la virtud y la trivialidad de la belleza, por partes iguales, tan profundo de un lado y del otro que de cualquier modo el asunto será grande. La grande belleza.

Es un experiencia para espectadores dispuestos a sentir y pensar, a llegar al fondo de sí mismo en cada escena, cada mirada, cada increíble reacción de los personajes que no producirán más que una increíble reacción del espectador.

Paolo Sorrentino, el director (ahora sí ha llegado su turno, que declaro en este acto el más importante por la arbitrariedad de la autoría) nos lleva de paseo entre las sensaciones ambiguas y completamente desbocadas de las escenas sin un nexo necesario para la trama pero que completan la obra como producción artística, como lo haría David Lynch (el de Mullholland Drive, por ejemplo), hasta las emociones más amenas y exteriores, esas tradicionales y románticas que Tornatore maneja con maestría desde Cinema Paradiso. Es las dos cosas y a la vez es una obra con particularidad propia. La locura y la pasión, la trivialidad y la búsqueda espiritual, la religión y las drogas, la noche y la comedia, el amor y la furia; todo se lo ha llevado el guión de Sorrentino y Humberto Contarello.

Porque párrafo aparte merece el guión, un tratado elemental de filosofía existencial, un grupo de pequeñas intelectualidades que en conjunto han recorrido un arcoiris de humanidades preciosas, precisas y precarias. Lele Marchitelli ha hecho también, con la música, una colección deliciosa que todos deberíamos tener entre los discos.

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Con respecto a la trama del film (¡qué poco importa de qué trata!), asistimos a la mirada de un mundo particular desde la mirada de un escritor de sesenta y cinco años, que ha logrado un enorme éxito en su juventud escribiendo una novela pretenciosa que ni él mismo respeta, y que se ha dedicado a transcurrir las siguientes cuatro décadas disfrutando de ese logro que, poco a poco, quedará escondido bajo una vida superficial que parece andarlo todo con puntas de pie.

Mientras tanto, se ha convertido en un cínico simpático y sociable, un dandy, un Wilde y un D’Aurebily cuyo objetivo primordial no es asistir a las mejores fiestas de Roma sino llegar a detentar el poder suficiente como para arruinarlas. (“Pero yo no quería ser simplemente un mundano. Quería convertirme en el rey de los mundanos. Y lo conseguí. Yo no sólo quería participar en las fiestas, sino tener el poder de hacerlas fracasar.”).

Pero debajo, escondido de su propia conciencia, no vemos más que la frustración de un escritor que ya no escribe y la soledad de un hombre vacío.

Mientras tanto, la locura de un mundo de seres exorbitantemente ricos, alejados de las realidades más básicas y co-existiendo a través de la banalidad cotidiana. Drogas, noches, fiestas y excentricidades de lujos y sexo que el film refleja con el puño firme y desesperado de las pinceladas de Van Gogh, un grito ahogado que nadie allí está dispuesto ni a soltar ni a escuchar, pues no valdrá la pena adentrarse en las profundidades sórdidas cuando se está tan bien aquí en la superficie.

Un sinsentido en el que los ricos no disfrutan, los escritores no escriben y los cardenales no creen en Dios, y si lo hacen ya lo han olvidado tras banquetes que poco saben de santas centenarias que, tras pasarse una vida de miseria y penitencia voluntaria, les dirá, enfrentando el esnobismo con mirada anciana y clara: “Yo me casé con la pobreza. Y la pobreza no se cuenta. Se vive.”

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Con la muerte como desencadenante, asistimos al regreso progresivo de ese ser inteligente y culto, pero trivial, hasta desembocar en sus viejos amores, deseos, pasiones y, especialmente, en su inspiración para escribir.

Un viaje de regreso en el que las estaciones son las más bellas del mundo. Pero al final, la esencia del ser intentará prevalecer. Ashes to ashes.

A pesar del paso del tiempo y de esos cotorreos italianos que saben sacarnos de quicio en los aeropuertos, en los bares y en todo aglomerado ciudadano, siempre gritones, exagerados y arrogantes, uno jamás termina de enojarse con los italianos. Y cómo hacerlo, si han sabido regalarnos a Dante, Michelángelo, Da Vinci, Calvino, Cinema Paradiso, Il postino, Venecia, Cinque Terre y Firenze. Y desde ahora, La Grande Belleza.

Sinopsis:

En Roma, durante el verano, nobles decadentes, arribistas, políticos, criminales de altos vuelos, periodistas, actores, prelados, artistas e intelectuales tejen una trama de relaciones inconsistentes que se desarrollan en fastuosos palacios y villas. El centro de todas las reuniones es Jep Gambardella (Toni Servillo), un escritor de 65 años que escribió un solo libro y practica el periodismo. Dominado por la indolencia y el hastío, asiste a este desfile de personajes poderosos pero insustanciales, huecos y deprimentes.

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