Van Gogh, colores legibles

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Colores legibles

 “Si no valgo nada ahora, no valdré más después; pero si valgo algo más tarde, es que valgo también ahora.”

Durante mucho tiempo consideré que el mejor de los mil libros que había leído, era la compilación de las cartas que Vincent Van Gogh escribió a su hermano Théo.

En términos lógicos esto no sería razonable, en especial teniendo en cuenta que mi pequeña biblioteca cuenta con libros escritos por Balzac, Borges, Dostoievsky, Kafka y un sinfín de nombres ilustres que hicieron de la intelectualidad el pilar de su literatura. Sin embargo -atónito ante tanta claridad conceptual en el sentido filosófico del arte (“Hay quienes pretenden que todos los dogmas son absurdos como tales. Lastima que esto sea también un dogma. Es preciso, pues, limitarse a hacer lo que se hace y tratar de sacar algo, tratar de hacerlo vivir”), y ante la contradictoria sensación que encontraba entre la furia de su inconmensurable obra pictórica y la calma de sus letras (“(…) he preferido la melancolía que espera y que aspira y que busca, a la que, abatida y estancada, desespera”)– el único libro que releía una y otra vez era el que reunía las palabras del pintor.

 En su pintura, Van Gogh parece decir algo, pedir algo, apiadarse del ser que se debate entre la sospecha de su genio y la realidad de su fracaso. ¿Qué pensaba cuando daba cada una de esas pinceladas? ¿Cuántas veces habrá apretado el pincel de más, tan solo de rabia, de desesperación, de desconcierto? ¿Cómo resistía? Y además, ¿por qué nos interesa más el sufrimiento de un genio que el de un hombre corriente? La respuesta es: porque él podía evitarlo. Si un hombre de genio no es valorado, ¿qué nos queda? Que el éxito o, al menos, la realización, no sean más que una quimera, un cúmulo de casualidades… ese parece ser el error del hombre. Resulta sensato, pero no deja de ser demasiado malo, demasiado repugnante.

Sus mejores obras surgen de la desesperación que lo atormentó en sus últimos tres años de vida. Sus segadores y sus cielos azules los pintó con los dientes apretados, porque sí, porque además de genio, era terco. Y siguió aprendiendo, siguió enviándole sus cuadros a Théo y siguió recibiendo indiferencia. Al final, cuando ya sabía que lo haría, que se pegaría el tiro en el pecho, continuó pintando cada vez mejor y con menos orgullo. ¿O con más? (¿Copió los cuadros de Millet para evolucionar? ¿O lo hizo para demostrarse que él era mejor?)

En cambio, en su literatura Van Gogh (sin estar ajeno a sus pesares) era claro, específico, casi calmo.

“Y si tuvieras la certidumbre, ¿qué harías? Haz como si estuvieras seguro y no serás confundido.”

 “Yo no soy un artista –qué grosero es esto-, incluso pensándolo de sí mismo -¿será posible no tener paciencia, no aprender de la naturaleza a tenerla, a tener paciencia viendo cómo aparece silenciosamente el trigo, crecer las cosas?-, ¿será posible valorarse como una cosa tan absolutamente muerta que hasta se llegue a pensar que ni siquiera se puede crecer más? ¿Pensaría alguien, por ventura, en contrariar intencionalmente su desarrollo? Digo esto para hacer ver cuán tonto encuentro el hablar de artistas dotados o no dotados.”

E incluso fue en sus letras en donde supo encontrar la explicación de su precaria pero fructífera existencia:

“(…) lo que yo espero no perder jamás de vivir es “que se trata de ir en zuecos”, quiero decir con esto que se trata de estar contento de tener bebida, la comida y la cama y la ropa, de estar, en suma, contento con lo que tienen los campesinos.”

O la motivación para seguir adelante a pesar de sus frustraciones:

“Pero hay precisamente algo de extraordinario en la sensación de que es preciso entrar en combate.”

El hombre que se quemó con la realidad y, en la locura, bailó la danza de la belleza, en sus letras cuenta la historia del hombre que no quiso ser hombre sino artista, no quiso ser pobre sino pintar cuadros, no quiso matar sino matarse.

Con Van Gogh, aprendemos que el mejor hombre del mundo es el que lo entrega todo aunque no obtenga nada.

En sus letras encontró la manera de ordenar ideas que en la paleta surgían presionadas por su genio. Sin sus cartas jamás hubiésemos comprendido al individuo, así como sin su plástica no hubiésemos conocido a los místicos alcances que puede lograr la utilización del color amarillo. Como su pintura gozaba de la perfección emotiva, sus letras (sin que fuese su objetivo), supieron dilucidar la relación entre la persona y el artista que habitaban en él, no siempre en consonancia. Cuando escribe, la paz de quien no está desarrollando su arte sino explicando -¿liberando?- su mente, encontró el espacio para reflejarse aún mejor que en sus retratos y, sin saberlo, conformar la imagen del universal artista perdido cuya liberación se encuentra en la obra y no en la vida:

“Sí, para mí, el drama de la tempestad en la naturaleza, el drama del dolor en la vida, es en verdad el más perfecto.”

No puedo ahora agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros, pero en el recuerdo de sus palabras, encuentro el consuelo de saber que, en alguna parte, andará haciendo su camino en calma:

 

“Triste, pero alegre en todos los tiempos.”

Vincent Van Gogh

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