Knausgård: un noruego al borde del sincericidio

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“La muerte del padre” (Min Kamp)

 Karl Ove Knausgård

Me crucé con este libro casi por casualidad, que es como suelen presentarse aquellas pequeñas joyas que bregan por ser descubiertas en el fondo del arcón de nuestro porvenir.

Revolver librerías como lo harán con sus zapatos las bailarinas de tango, es de esas pasiones secretas pero a la vez comunes que toda actividad esconde. Los escritores hurgamos en las mesas de ofertas y promociones, en las marquesinas y en los estantes plagados de solapas que a simple viste son iguales pero que, para el ojo avezado, es un catálogo de maravillas prometidas.

Es así que encontré “La muerte del padre” de Kart Ove Knausgård. No había escuchado sobre la obra ni sobre el autor, nadie me lo había recomendado ni estaba resaltado en ninguna parte del establecimiento. Simplemente metí la mano porque casi siempre toqueteo los libros de Anagrama, cuyas tapas amarillas de por sí encierran encanto, y desde allí surgió ese libro. Un nombre extraño con un apellido que llevaba una “a” con un sombrerito redondo encima que ni siquiera sabía que tenía en el teclado.

Fue así que supe que venía de Noruega, una tierra que en los últimos años (desde mi primer viaje a la colorida y gélida Bergen de manzanos y fiordos) se ha convertido en un atractivo cultural constante.

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De modo que allí estaba en mis manos, una solapa sugestiva y un nombre extravagante, algo que sucedía tan a menudo que bajo ningún concepto iría a llamar mi atención especialmente.

Sin embargo nada se decide en el acto de ojear un libro sin antes leer la contratapa.

En ese acto me sucedió algo demasiado personal como para extenderme, pero que deberé explicar para el normal desenvolvimiento de este relato. Al leer la reseña sentí que hablaba del libro que acabo de terminar de escribir, “Andar sin pensamientos”. Con la desesperación del escritor demente que nunca piensa antes de actuar, monté el cólera. Se me había adelantado un noruego desconocido. Según la reseña el libro trataba sonre un escritor frustrado que no tiene mejor idea para salir de sus pesares, que la de convertirlos en un libro. Vaya novedad… ¡qué fácil es para nosotros creer que hemos descubierto América!

Como advertirá el lector, no tenía por qué tener que ver con lo que yo había realizado. Pero la clave no estaba en la historia en sí sino en lo que decía de ella la crítica citada es esa contratapa: eran exactamente los comentarios que (en mi imaginación) deberían escribir sobre mi obra cuando se publique (antes que nada debería publicarse y ya eso sería una victoria, pero para qué adentrarnos en detalles si estamos lo más cómodos hablando de este muchacho que no puede escucharnos). En fin, que decían que era una especie de literatura salvaje, un llamado de auxilio al mundo, una búsqueda de redención, un lamento intelectual, un descarnado relato sobre la miseria de sí mismo, de su familia, de su pasado y de sus miedos. Vamos, que decía que abría su intimidad y que eso era extraordinario.

Por supuesto que me sentí identificado, pero lo hice como lo haría el noventa por ciento de los escritores de este milenio.

Al final, ya en casa, no encontré más que pequeñas semejanzas básicas, cuestiones de letras. Lo hice abriendo el libro al azar aquí y allá, pues necesitaba constatar que de veras no era parecido a lo que yo había escrito, ya que de serlo debería prenderle fuego al tomo y empezar a buscar un auspiciante que financiara mi inmediato traslado a Bergen para asesinar a un escritor que, supuse, allí era reconocido. La tarea hubiera sido ardua.

Pero no, mis ínfulas “Erdosaníacas” (Roberto Arlt, “Los siete locos” y “Los lanzallamas”) quedaron aplacadas. En consecuencia, superada la envidia infantil e irremediable del escritor, puede relajarme y disfrutar la dicha del lector. Borges afirma que un hombre no se define por lo que escribe sino por lo que leer, y quería saber yo cómo definirme esa semana.

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La muerte del padre es mucho más y mucho menos de lo que se dice de ella. Menos porque no es ni la confesión tan dolorosa, ni el suicidio literario de la que los críticos más reconocidos hablan al referirse al libro, ni alcanza los niveles “proustianos” que otros le adjudican.

La magia del libro definitivamente no radica en su crudeza, de la que en un punto bastante evidente carece (¿los críticos han leído a Burroughs, Kerouac, Bokowski o Palahniuk, por citar arbitrarios ejemplos obvios sobre un salvajismo intelectual?), sino en el liviano y natural ritmo con el que se mete bajo la piel del lector.

Porque al final, la conclusión es que no dice mucho, y sin embargo nos hemos vuelto un poco suyos. Knausgård se apodera de nosotros, nos convierte en él, nos contagia sus pequeños sufrimientos y delicadas humillaciones, y nos deja parados en el umbral de su casona de montana alpina.

Cuando repaso la historia, sus cuatrocientas páginas finalmente no tratan más que de dos hechos concretos: la primera noche de año nuevo en la que sale solo e intentará acercarse (fallidamente, por supuesto) a la chica de sus sueños; y los dos días durante los que deberá limpiar junto a su hermano mayor la casona en la que ha pasado parte de su infancia, que ya no es ese paraíso que todo niño recuerda sino una especie de bunker yonkee, nauseabundo por donde se lo mire, en el que su padre ha pasado el último año convirtiéndose en un alcohólico perdido delante de su propia madre (la abuela del relator), hasta morir allí mismo, junto a ella, mirando televisión mientras le contagia su alcoholismo a la anciana.

Dos hechos puntuales, dos situaciones, dos momentos. Eso (que en mi literatura sería una locura, pues suelo creer que deben suceder cinco mil cosas para manifestar tres ideas –exagero porque es mejor para este artículo, of course-) es lo que hace la delicia de este libro: con una idea nos regala un mundo. El mundo de Knausgård, sea que ese Knausgård es el mismo que el autor, sea que no es más que su mismo nombre y se ha convertido en el autor de su alter ego o la ficción de sí mismo (esta última posibilidad fue lo que más comezón me produjo cuando creí que su libro era igual al mío, como si algo como eso lo hubiera inventado yo y no Henry Miller y unos cuantos más aún antes que él).

Una catarsis efectiva que el autor establece en la obra al afirmar:

“Cuando la visión del conjunto del mundo se amplía, no sólo disminuye el dolor que causa sino también el sentido. Entender el mundo equivale a colocarse a cierta distancia de él. Lo que es demasiado pequeño para verlo a simple vista, como las moléculas, lo ampliamos; lo que es demasiado grande, como el sistema de las nubes, los deltas de los ríos, las constelaciones, lo reducimos. Cuando lo tenemos al alcance de nuestros sentidos, lo fijamos. A lo fijado lo llamamos conocimiento. Durante toda nuestra infancia y juventud nos esforzamos por establecer la distancia correcta de cosas y fenómenos. Leemos, aprendemos, experimentamos, corregimos. Y un día llegamos a un mundo en el que se han fijado todas las distancias necesarias y establecidos todos los sistemas. Es entonces cuando el tiempo comienza a correr más deprisa.”

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Al terminar las quinientas páginas aún podríamos permanecer allí, en la antigua morada montañosa de madera, que linda en alguna parte con los fiordos, cuyos blancos bloques nevados podemos ver en nuestra imaginación como si hubiésemos estado allí (yo efectivamente allí estuve, pero intento pensar como tú, lector desgraciado que no has hecho ese viaje).

Knausgård, lejos de lo que la crítica ha establecido sobre él y sus intenciones, logra realmente lo que busca: encantarnos. Lo queremos, es sensible, débil, sagaz a su manera, un pobre escritor que quería escribir y lo ha hecho aunque el personaje no lo sepa, pues nosotros sí que lo sabemos, él al final lo ha logrado y nos lo ha dicho aún sin tener que decirlo, sin tener que escribir una sola letra sobre su final. Porque su final es esa bonita edición amarilla de Anagrama, que ha llegado a mí en una librería de la lejana Argentina. Él quería contarnos cómo tras sufrir sus traumáticas experiencias lo único que le interesa es escribir un buen libro. Y el lector ya lo tiene entre las manos… lo ha logrado. Un héroe de letras.

“[…] Y cuando lo que me ha mantenido en marcha durante toda mi vida de adulto, es decir, la ambición de llegar a escribir algo grande un día, resulta amenazado […] mi único pensamiento, que me roe como una rata, es que tengo que huir.”

Pero pensándolo mejor … ahora que releo este artículo y repaso mi libro… ¿no es exactamente de lo que trata mi “Andar sin pensamientos”? ¿Ese escritor frustrado que lleva el mismo nombre del autor y cuenta sus oscuridades pero no desea más que escribir un buen libro (y sólo el lector sabrá que lo ha logrado, al estar leyéndolo) no es el personaje principal de mi novela?…

En fin: enciendo ahora un fósforo y se lo arrojo al librito amarillo. Mientras tanto, concluyo que será mejor ponerme en marcha de inmediato, pues no será fácil encontrar un billete económico a Noruega…

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