Pinuccio Sciola: el lutier pétreo

(Extracto e historia de la creación de la novela “Naturaleza Pétrea”, y del ensayo sobre obra plástica “Nacido de una piedra”, ambos libros de mi autoría y publicados en italiano en 2014 por la por editorial Prova d’Autore:

http://www.provadautore.it/?q=node/510

http://www.provadautore.it/?q=node/509)

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Conocí al escultor italiano Pinuccio Sciola del modo en que los grandes acontecimientos suelen suceder en nuestra vida, que no es de otra manera que por casualidad. En esta ocasión no cabía aquella frase de Arthur Conan Doyle, en la que algo parecía anunciar un cambio de rumbo radical: “He aquí el momento dramático del Destino, cuando resuenan en la escalera unos pasos que van a entrar en nuestra vida, e ignoramos si ha de ser para bien o para mal nuestro.” Por el contrario, livianamente -en bermudas y hojotas de playa, cuando de haber sabido lo que me sucedería debería haber vestido smoking- me dirigí a cruzar la imaginaria línea que haría de bisagra permanente en mi existencia: el laboratorio de Sciola en el pequeño pueblo de San Sperate.

Llevaba años visitando la isla de Sardegna, ligado a ella desde el amor infinito que produce su belleza salvaje, la paz del rumor del viento silbando y el mar traslúcido viniendo a reposar entre mis pies, pero no sabía (no podía saberlo) que la isla contenía un milagro que estaba por serme revelado.

Año tras año me recomendaban visitar el “Paese Museo” de San Sperate, en el que “las paredes de las casas están decoradas por murales pintados por grandes artistas plásticos de todo el mundo a partir de un movimiento iniciado por “el padre de San Sperate”, el escultor Pinuccio Sciola.”

Pasaban las temporadas y se repetía la recomendación, pero yo –como un niño distraído que inconcientemente guarda el mejor bocado para el final de la comida- me perdía en rodeos que indefectiblemente terminaban por dirigirme a alguna de las playas paradisíacas de la isla, y de ese modo se posponía el encuentro con aquel pueblo que parecía sonar un poco mágico.

Al arribar estaba perdido en una lucha sin cuartel contra las erróneas recomendaciones del GPS de mi I-Phone, lejos de haber templado mi espíritu para recibir lo que vendría. Al levantar la vista el mundo se detuvo, y la modernidad perdió sentido como término, se volvió vacía, inconsistente, antinatural: se abrió ante mí un parque colosal plagado de esculturas gigantescas y maravillosas, por cuyas grietas (tenuemente talladas, sutilmente incorporadas a rocas que hasta conocer al cincel no habían recibido más que miles de años de trabajo artesanal de la naturaleza) brillaba el sol del crepúsculo y cantaba el silencio de la historia.

No me había informado sobre el trabajo de Pinuccio, porque nunca lo hago antes de ver en persona la obra de un artista. Prefiero asistir sin influencias de críticos ni periodistas; simplemente llego y a ver qué pasa, a ver qué se siente.

El único dato que llevaba conmigo era que Sciola era el creador de las piedras sonoras, sin tener mayor idea de lo que aquello significaba.  El maestro era uno de los escultores de mayor renombre en el mundo, y sin embargo me había negado sistemáticamente a escuchar lo que de él se decía porque sabía que, en algún momento de interrupción de mi disipada agenda de vacaciones en Sardegna (playas, calamares, playas, Bastione Saint Remy, playas), vería su trabajo y decidiría por mí mismo.

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Cuando se abrió ante mis ojos aquel campo que contenía una energía similar a la que se siente al arribar a Machu Picchu, sentí un estallido interior. Allí estaban las rocas que Sciola había esculpido, irguiéndose sobre la Tierra, flanqueadas por naranjos, durazneros y mirlos que sabiamente las elegían para cantar su melodía.

Antes de aprender a apreciar la calidad extraordinaria de su arte, lo que me impresionó fue la cantidad. Aquella no podía ser la obra de un solo hombre sino que, por el contrario, se parecía a la de una civilización entera. No podía ser cierto pero lo era, y con aquella impresión quedó constituida la primera de las paradojas mágicas que contiene la obra de Sciola: casi todo lo que hace no puede ser pero lo es.

Tuve la sensación de que en algo como la obra de Sciola habrán pensado quienes inventaron a la palabra asombro, y jugando con esta idea fue que comprendí que la emoción de la que estaba siendo presa ya la había vivido antes cuando –años atrás- por vez primera estuve frente a una de las obras pictóricas más extraordinarias de la historia: “El jardín de las delicias” de Hieronymus Bosch (El Bosco), en el Museo del Prado de Madrid.

Aquella vez sentí que estaba contemplando a un trabajo monumental que, entre otras cosas, se había adelantado a su tiempo. El Bosco (tal vez junto a Arcimboldo) inventaba el surrealismo sin saber que lo hacía, se adelantaba centurias a lo que el mundo admiraría, y a la vez (confundiéndonos sobre sus intenciones), representaba su manera de comprender el origen, el hombre, el universo, Dios (éstos dos últimos en “La creación del mundo”, la obra que se esconde en el reverso, con el tríptico cerrado), el pecado, la muerte, el bien y el mal, la intervención del hombre en el mundo y la naturaleza en reposo, todas ellas concepciones que al arribar al laboratorio de Sciola se me presentaron como pequeñas sugestiones y que, con el correr de los días y el conocimiento de su obra completa, comprendería que sus manos “ancestrales” estaban tratando desde hacía décadas.

Acaso Sciola -como El Bosco concibió a ese Dios en el reverso, que contempla con una tiara y una Biblia en las rodillas- estuviese sentado frente al mundo sin juzgarlo, observando y creando a su antojo hasta que el hombre (los demás hombres, todos  menos él), entendiesen su mensaje.

Magalitic Garden

En el laboratorio del artista –el gran campo-jardín– las esculturas se alzan observando el firmamento, esparcidas de tal modo que generan la sensación de un perfecto complemento de la obra de la naturaleza con la del hombre. En un ambiente en el que predominan los verdes que brotan de la tierra y las grandes piedras talladas, se levantan los trabajos de manera que el arte parezca parte del mundo lo mismo que el tronco de los árboles.

En el más estricto sentido físico, es un sembradío de arte en medio de un pueblo sembrado de duraznos y naranjos. Con la magnificencia de lo que combina lo inesperado con lo talentoso, lo bello con lo eterno, el ambiente benigno de los campos interactúa con naturalidad con las piezas de arte que se asientan sobre la tierra para contemplar el entorno. Las obras -que se elevan hacia el cielo emitiendo su místico canto- conviven con árboles frutales, tréboles y la trova de los pájaros, haciendo que visitar ese campo se sienta como un viaje realizado por fuera de los márgenes del tiempo.

Esa tierra está allí y esas obras son parte de ella, pero tal fuerza contiene la combinación del arte de este escultor con la sabiduría de la Madre Tierra, que se transforma en un lugar que no pertenece a lo conocido, sino apenas a lo que es pero no puede definirse. Es tan profundo y complejo el concepto que lo mejor, a la manera budista, es saberlo desde el no pensamiento, desde la no racionabilidad. El campo de Sciola no se explica ni analiza: es.

City of Sound

Para describir al mágico primer encuentro que tuve con Sciola y su obra, me permito citar un párrafo que escribí sobre él en Naturaleza Pétrea, una obra de ficción literaria que terminaría escribiendo unos meses más tarde:

“El campo estaba abierto sin más guardián que la historia. Recorrí los senderos de tréboles tocando algunas obras, intentando imaginar de qué se trataría aquello de convertir las piedras en algo sonoro. Del suelo tomé una rama y un canto rodado y comencé a golpear las esculturas, que apenas emitían un sonido agrietado, como cayendo en el ahogo de la incomodidad.

-¡¿Qué hacés?! –escuché entonces que tronaba una voz tras de mí. La tierra parecía temblar ante la fuerza de la voz de un hombre de unos setenta años, cabello blanco, bajito y dueño de una fuerza física que sólo quienes trabajaron el campo puede poseer.

No respondí. El eco de su voz parecía continuar rebotando contra los márgenes de las rocas esculpidas. Al comprender que yo no contestaría, que no me rebelaría, pareció tranquilizarse.

-La piedras no deben ser maltratadas –me dijo entonces más calmado- Como vos y yo, como los duraznos de este campo, están vivas. La piedra escucha y contempla, pero a la vez siente. Si la maltratás sufre, y si la acariciás goza.

Extendió su mano derecha para saludarme, y sólo con ver a esa gigantesca mano comprendí quien era. Su puño era fuerte y curtido por los años de trabajo de labranza y escultura.

-Soy Pinuccio Sciola –me dijo.

-Leonel Mitre, mucho gusto –respondí agachando la cabeza, avergonzado por mi osadía con sus obras.

Guardó un instante de silencio, estudiando cada uno de mis gestos. Comprendió que lo que yo hacía no contenía maldad sino desconocimiento, y mi sincera señal de arrepentimiento –y respeto- abrió su sonrisa franca.

-Permitime mostrarte –me dijo entonces- Poné tu oreja en el costado de esta piedra.

Se paró frente a la escultura y, juntando las manos sobre el pecho, murmuró durante unos segundos algo que se escuchaba como un rezo. Al terminar la plegaria comenzó a acariciar la escultura lentamente. No golpeaba sino que una vez apoyada, movía su mano hacía uno y otro lado siempre adherida a la obra.

Me and his sculptures on Cagliari Center

En aquel instante, algo dentro de mí cambió para siempre.

El sonido que llegó a mis oídos fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida. Lo que emitía era un sonido de otro mundo o -como me explicaría el escultor más adelante- eran los sonidos más pertenecientes a él que podían escucharse. No puede definirse porque un Aleph (aquel punto que Borges elije para definir a la concentración del todo) resulta indefinible. Era una combinación entre el murmullo subacuático, el lenguaje de los delfines y las cascadas minerales escondidas bajo las montañas. Era un eco y un canto, era el silencio transformado en armonía. Al cerrar los ojos produjo en mi organismo el efecto auditivo de un alucinógeno y el placer que producirá la canción de una sirena en alta mar. Temblaron mis piernas bajo la fuerza de la sabia naturaleza que se abría con la magnificencia de lo místico. En la oscuridad de mis ojos plegados, el canto de la roca me llevó en un viaje espiritual que no se detenía. Las imágenes fragmentadas de las historias que había presenciado esa piedra me penetraron como yo lo haría en el cuerpo de una ninfa. Vi hombres y mujeres de otros tiempos, vi animales ya extintos, vi miles de horas de silencios y vi a la Tierra floreciendo y muriendo en un ciclo repetido. Vi cascadas y tormentas, vi a los mares y a los peces, vi a mujeres amamantando a sus hijos y a los desiertos de África llevándose a las vidas de los hombres para convertirlas en más vidas, para fundirlas de nuevo con la naturaleza y transformarlas en flores e hipocampos. Entendí el ciclo de la existencia como a un espiral, comprendí el flujo de energía que nos concede y nos quita -con la vitalidad de su poder absoluto- la vida y la muerte, lo yermo y lo activo. Escuché al polvo levantándose en las tardes de tormenta de invierno, vi a la nieve del Ártico y pinté la Capilla Sextina con Miguel Ángel, el nombre de mi padre, quien ahora no era mi padre sino el padre de un yo místico que se fundía con los secretos de la roca.

La penumbra de mis ojos cerrados se volvió luz. Era un destello brillante que absorbió mi ser y lo reconvirtió en una entidad que participaba de la naturaleza con pureza. En ese instante hubiese dado lo mismo ser una planta, un jabalí o una partícula salada del mar Mediterráneo. Dentro de mí habitaba la sabiduría de lo inexplicable, de lo que existe pero no se toca ni se nombra. Era la sabiduría del Tao y la que lo excede, la sabiduría del todo y de la nada. Las manos de Sciola acariciaban la roca pero yo ya no lo sabía, como no recordaba que lo que hacía era escuchar el sonido que emitía una escultura. El aire se metió en mis pulmones y se volvió savia vegetal, mis huesos se convirtieron en cartílagos y mi percepción del tiempo fue la misma que la percepción anacrónica de las montañas elevadas: eterna. Abracé al sol portándole la luna como ofrenda, y conocí a los hombres que crearon las palabras. Escuché las primeras letras de los alfabetos que ya no existen y surqué los mares que hoy están secos y conforman continentes. Bajo la luz de una vela vi haciendo el amor a una diosa con un príncipe, y asistí al nacimiento de un cordero que más tarde sería degollado para complacer a un faraón egipcio. Por último escuché a las piedras, que antes del hombre hablaban la lengua de los hombres. Las escuché cantando y las vi moverse para bailar su danza. Las vi ir deteniéndose porque se volvían cofres de tesoros, y me enseñaron que se habían sentido dichosas al hacerlo porque era su modo de agradecer la vida. Las vi escuchando los secretos del mundo y guardándoselos dentro. Las vi decidiendo, después de un rezo de Sciola, que al amor que él les profesaba podían ofrecerle las revelaciones de su memoria.

Al abrir los ojos era otro hombre.”

Basalt lava

El texto citado es parte del resultado de un encuentro que nació destinado a algunas horas y terminó extendiéndose por 6 meses. Simplemente no pude marcharme. Simulé ser un importante periodista y él me dejó engañarlo, tal vez porque su instinto maneja sabidurías que no contengo, quizá porque soy evidentemente inofensivo. Después de ese inicial y místico encuentro, me invitó a su casa. Allí lo esperaba, como de ordinario, un contingente de admiradores y turistas curiosos, todos ellos ávidos de estrechar su mano o, si el anciano está de humor (y suele estarlo), asistir a uno de sus conciertos improvisados allí mismo. Con las puertas siempre abiertas para recibir a quien quisiera visitarla, su morada parece, como él, fuera del tiempo. Es un casona de piedra con un gran jardín al que se entra por un sendero plagado de esculturas y plantas. Cercada por altos muros que arropan con sombra fresca, varios árboles permiten que Sciola trabaje al abrigo del ardiente sol sardo. Es una combinación entre un hogar y un taller de arte. Allí almacena las esculturas pequeñas, aquellas honradas con su arte más delicado. Son calcáreas similares a consolas de sonido, o miniaturas con las mismas formas de las grandes rocas del parque que acababa de visitar y el que (lejos estaba aún de saberlo) sería mi extraordinario hogar por los siguientes ciento ochenta días. En su jardín también está diseminado aquí y allá, como si no fuesen más que frutos salvajes, lo mejor de su arte figurativo, que ha sido el inicial. Rostros, cuerpos, animales.

Pero el corazón de su trabajo late dentro de la casa, en una sala gigantesca. Al entrar se escuchaba Vivaldi, un hilo de música apenas audible que brotaba desde alguna parte. Rodeada de esculturas, una larga mesa de unos diez metros contenía tantas cosas que apenas si todo podía mantenerse dentro de los bordes. Era un sinfín de volúmenes de arte, cuadros arrumbados, papeles, trozos de cerámica esculpida, libros de texto, ensayos, obsequios, literatura italiana, discos de vinilo. Perdidos bajo las pilas descansaban los libros sobre él y los artículos que había escrito alguna vez para homenajear a sus colegas, pues no dudaba en apoyar a los artistas de talento que lo necesitaran (más adelante yo sería uno de ellos). Las paredes estaban tapadas por afiches en los que se anunciaban sus presentaciones en todas partes del mundo, o exhibiciones de Picasso, de arte sardo o de homenajes a Siqueiros. Eran promociones de eventos que habían tenido lugar treinta o cuarenta años antes. Cuando durante una conversación necesitaba mostrar alguna cosa, con un solo movimiento encontraba lo que buscaba, con una certeza que en medio de la anarquía en la que parecían vegetar los elementos se hubiese creído una quimera. El maestro era el rey del reino que era su desorden. Al verme, alegremente vino a encontrarme. Era un artista de renombre mundial, pero su secreto era que no se permitía detenerse a tomar conciencia de ello. En cambio, su sonrisa se parecía a la de un niño que está a punto de compartir un secreto con su amigo.

Sciola's living room

-Esto no te lo vas a creer –me dijo ya dándome un trato distintivo por sobre el resto de los visitantes, como si se dirigiera a un discípulo- Decime si no es idéntico.

Me mostraba un libro que contenía una foto del salón principal de la casa de Gaudí, y era exactamente igual al sitio increíblemente desordenado en el que ahora estábamos.

-Apenas vi esta foto ayer –agregó para dejar en claro su originalidad a prueba de balas.

Andaba descalzo y su ropa tenía resabios de pintura o de la tierra que se levantaba cuando esculpía. Después regresó al jardín para continuar conversando con los curiosos. Mientras lo veía ir y venir pensaba que bien podría haber sido el hogar de Da Vinci o Michellángelo. Se sentía como la Firenze del renacimiento o la Verona imaginada por Shakespeare.

Debo decir que Sciola es un hombre enamorado de la vida mucho más que de su arte, y eso que su arte lo abarca casi todo para él. Con la misma pasión con la que relata sus exposiciones en los grandes museos del mundo, puede referir la anécdota más nimia de su infancia. A su mesa se sientan todos juntos, sin distinción de fronteras, cuentas bancarias o títulos académicos. Frente a Sciola la naturaleza se unifica, los hombres son todos hombres, y a la vez no son más que organismos parte de este mundo, como las plantas, los animales o las piedras.

Cuando se marcharon todos me invitó a cenar. A nuestro alrededor pululaban algunos colaboradores, pero parecían habituados al movimiento, ya que saludaron y continuaron sus quehaceres. Eran arquitectos u hombres de campo (según eran sus funciones en el mundo Sciola), que estrecharon mi mano y se lanzaron a poner la mesa. Yo era un importante periodista argentino que llegaba a conocer su obra, y entonces debían dejarnos en paz. Lejos estaba de sospechar que esos seres, entonces apéndices desconocidos, pronto se volverían parte de mi existencia, tendrían caras y nombres, sonrisas e historias; mucho menos que semanas después yo sería como uno de ellos, estrechando manos a personajes importantes o inventados como yo antes de tender la mesa para los almuerzos de campo y vino suelto envasado en botellas plásticas de agua mineral. Ahora estábamos en la cocina, que no contenía más que una tabla destartalada cubierta por un mantel florido, una vieja mesada de granito, alacenas de madera despintada y una heladera y un hornillo. Sciola rebosa vitalidad.

Se puso a hervir pastas y hornear pescado. Mientras se cocían picó ensalada y preparó una salsa. Sus manos gigantescas se movían con presteza entre las ollas y sartenes: no hay italiano que no venere al arte de cocinar aplicándose con pasión a la tarea.

Conversamos sobre viajes e inquietudes culturales. Después contó anécdotas sencillas que parecían ocupar un lugar preponderante en su alma. Le gustaba la historia de un viejo amigo que partía los lápices frente a los niños de las escuelas rurales, quienes al verlo creían que era un mago porque de uno creaba dos, o recordaba al borde de las lágrimas el momento en que su abuela lo vio por primera vez en una entrevista de televisión, se acercó al aparato y preguntó con preocupación: “¿Cómo te metiste en esa caja?”

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Sentía orgullo cuando relataba que mucho años antes la RAI llegó a la isla para hacerle una entrevista en un programa de alcance nacional, y al ser consultado por las conexiones entre el continente y Sardegna, espetó a la cara del periodista: “Ninguna, sólo la casualidad temporal. Así como estuvimos ocupados cuatrocientos años por los aragoneses, ahora lo estamos por los italianos. Tenemos otra lengua, una tierra separada, otra cultura. Inclusa nuestra plataforma terrestre está atada bajo las aguas a Cataluña y no a Italia”. Le encanta llamar la atención en sus apariciones públicas. Cuentan en la isla que es capaz de detener uno de sus conciertos (hace sonar sus esculturas junto a grandes músicos sardos) en cualquier momento, sólo para lanzar un discurso político en defensa de la clase trabajadora, o a fin de homenajear a los africanos que mueren intentando ganar la costa en Lampedusa. Es un rebelde crónico. Apenas el día anterior, me contó entre risas, había perdido a un cliente que pagaba decenas de miles de euros por sus obras, sólo porque durante la comida se había quejado de que la comuna sarda no le había permitido construir una piscina sobre el lado más visible de una montaña. Sciola se levantó de la mesa lleno de rabia, y gritándole que no era más que un ricachón frívolo irrespetuoso de la naturaleza de su tierra, lo dejó plantado. “Ya volverá si de veras le gustan mis obras”, me dijo alzándose de hombros.

Al ver que presto atención, me sirve pescado diciendo: “Mientras escuchás, comés”. Se fastidia cuando sobra la comida. Recuerda que vivimos en tiempo de abundancia pero que no siempre fue así, que existieron épocas de guerra durante las que los labradores juntaban las sobras que las mucamas echaban por las ventanas de los ricos.

Cuando habla de cuestiones serias levanta la voz alcanzando un bramido que conmueve los cimientos. Su frecuencia contiene la fuerza de un volcán.

Pero prefiere ocuparse de las pequeñas cosas de la vida. Está emocionado porque el día anterior estuvo en una montaña para conseguir algunas rocas, y al tocar la puerta del guardián del campo éste le preguntó de dónde venía.

-De San Sperate –contestó el escultor.

-¿Conoce a Sciola? –pregunta el campesino como todos hacen al escuchar el nombre de su pueblo.

-¿Quién no conoce a Sciola? –suele responder cuando hablan de él sin reconocerlo.

-Ah… -dice el guardián y piensa- Es verdad. Es un gran amigo, suele venir aquí a consultarme sobre cómo trabajar las piedras.

Sciola and the italian president, Giorgio Napolitano

Al recordar esas historias ríe de una manera abierta, franca. Para él la vida es una sola e inmutable, lo mismo da si manda una carta al gobierno de Sardegna para que cambien la bandera o si escribe en una servilleta de papel un poema a un viejo amigo fallecido.

Como en sus esculturas, debajo de la capa de tejidos epidérmicos había un ser de textura cariñosa capaz de serenar a quienes lo rodeaban tan sólo con su presencia. Su poder radica en la energía luminosa que emana de su entidad corpórea. Su historia se escribe con cincel y martillo, pero poco hay para desperdiciar al escucharlo.

Mientras preparaba café le pregunté por qué no hablaba sobre sus exposiciones. Acababa de llegar de Dinamarca y ni siquiera lo había mencionado.

-Porque no me defino por lo que hago sino por quien soy –respondió- Mi arte es una manera de ofrecerle al mundo un nuevo modo de relacionarse con la naturaleza, y mi discurso un intento por regresar al valor de ser feliz, de disfrutar la vida como se nos ofrece. ¡Vivir es una fiesta! El mundo va tan rápido que se salió de foco. Cuando alguien dice que tuvo éxito en algo, que se compró un coche o que cobró mucho dinero, todos preguntan, se interesan, conversan durante horas sobre ello. Pero cuando alguien dice: “soy feliz, estoy en el mejor momento de mi vida”, la gente le palmea el hombro pero no le da importancia. Nadie dice: “¡Te felicito, sos feliz!”

-Esa es una característica de la modernidad.

-No creo que sea tan así. No todos los males del mundo nacieron con Berlusconi, podés estar seguro.

-¿Cuándo usted era niño aún se mantenía el amor por la naturaleza?

-Mirá, ese es un tiempo demasiado lejano. Nadie pude recordar lo que hacía cinco mil años atrás. Sin embargo puedo asegurarte que el culto a la posesión no es algo nuevo, aunque sí en estos tiempos se ha sobredimensionado. Mi familia era unida y fuerte, pero si debo recordar algún momento de sufrimiento, siempre era por la carencia de dinero.

-¿Eran pobres?

-No necesariamente. Mis padres eran trabajadores de la tierra y no les sobraba nada, pero jamás pasamos hambre o situaciones desesperadas. La antigua Sardegna era un buen lugar para crecer y soñar.

-Soñar con ser un escultor, por ejemplo.

-Ese era mi sueño aún antes de saber que lo era. Quiero decir, solía correr entre los cultivos de duraznos sin zapatos, como aún lo hago, y al llegar a algún rincón instintivamente me ponía a moldear la tierra húmeda. Para mí era natural, pero en mi familia eso resultaba muy extraño. Yo era un escultor pero ninguno de nosotros sabía, probablemente, que existía la palabra escultor, o lo que ese término significaba realmente.

-Imagino entonces que para sus padres, gente de trabajo, su decisión artística fue un problema.

-No, para nada. Ellos eran campesinos en su cultura, pero muy sabios en el alma. Jamás se opusieron a que yo siguiera mi camino, y en lo que pudieron me apoyaron. Sin ese permiso no habría podido continuar.

-Al principio trabajaba el barro, pero en algún momento llegaría la piedra.

-Yo ya estaba conectado con las piedras. Las piedras están vivas. Su vida es la historia que contienen, algunas de ellas formadas por magmas incandescentes y otras llegadas desde el cosmos. Son los habitantes más ancestros del planeta, y su testimonio es inalcanzable. Pero trabajar con ellas llevó un tiempo. La primera piedra que esculpí fue una que hacía de banco en mi infancia, cuando volvíamos de la escuela. La lluvia me deshacía las figuras que había hecho sobre el barro, y necesitaba trabajar sobre algo perenne. Las piedras eran perfectas, pero no fue hasta que pude hacerme con las herramientas de mi padre que descubrí las técnicas para esculpirlas. Era un trozo de basalto, una de las piedras más duras y difíciles de moldear. ¡Me había metido en un gran lío!

-De modo que es autodidacta.

-Al principio sí, como todo artista. Pero después, y con mucho esfuerzo, logré salir de la isla y estudiar en los centros más importantes de Europa.

Sculptures of Sciola in the Intenational Fiumicino Airport

-¿Fue allí que ingresó al gran mundo?

-Primero estudié en el Magisterio de Firenze, y después di el gran paso, que fue ingresar en la Academia Internacional de Salzburgo, la Sommerakademie, que en ese momento era la más importante del mundo. Allí tuve grandes maestros como Kokoschka, Minguzzi, Vedova o Marcuse. Esos monstruos terminaron de formarme. Con respecto a mis maestros tuve mucha fortuna, ya que después, en mi paso por México (en donde aprendí una vez más muchísimo sobre el arte pétreo que cincela la madre naturaleza), fui discípulo del gran David Siqueiros, el padre del muralismo, que siempre tuvo enormes elogios hacia mi trabajo, y gracias a quien conocí intensamente el arte muralista que hoy decora mi pueblo. La creación de escultura no es un arte fácil de compartir, pero eran tiempos de revolución artística, de modo que formábamos un núcleo fuerte, entre quienes se encontraban escultores de la talla de Aligi Sassu, Giacomo Manzù, Fritz Wotruba y Henry Moore.

-¿Tras eso llegarían las piedras sonoras?

-¡No! Eso sería mucho más adelante. Durante un tiempo trabajé las piedras desde un plano meramente estético. Las primeras decisiones tuvieron que ver con trabajar en base a la abstracción de la imagen. Yo no quería moldear obras figurativas, porque ya estaba enamorado de las piedras, conciente de su existencia longeva. Tallar la piedra como una imagen humana, por ejemplo, es destruirla. La piedra tiene una composición molecular única, particular, e ir en contra de su naturaleza es asesinarla. Pocas veces es posible ver en una piedra labrada figurativamente que se respete su “estructura básica molecular”, y sin embargo sin ella ya no es piedra o, peor, no es más que una piedra asesinada que ha dejado de serlo.

-¿Entonces, encontrada la forma llegó la voz?

-Tampoco. La experimentación fue un proceso largo y profundo. Una de las series con las que más repercusión he logrado son las que llamé “Semillas de la Paz”. Si las ves –salió al jardín y trajo una pequeña roca cuyo centro estaba abierto en el medio, con el interior tallado hasta hacer una textura completamente lisa y bella, disímil a la original y sin embargo componente de ella- no son más que piedras redondeadas que tienen una hendidura en el centro. Simbolizan la belleza interior a pesar de la rusticidad externa, así como el origen (semilla), de lo más originario, la piedra. Tengo un buen amigo argentino, como vos, que dijo sobre ellas:

(Se levantó, sacó de una enrome pilas de libros-escombros un ejemplar de un libro en alemán escrito sobre él, y leyó las palabras que el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, escribió sobre sus semillas, fechado en 19 de octubre de 2008)

Toda semilla guarda su memoria que va transmitiendo de generación en generación. Todo pueblo conserva su memoria, no para quedarse en el pasado, sino para que le ilumine el presente y desde ahí poder generar y construir la vida.

Seeds of peace 

-Y finalmente, el sonido…

-Entonces comencé a escuchar el canto de las piedras, sus secretos, sí.

-¿No fue algo buscado?

-Creo que de alguna manera sabía que ese conocimiento estaba allí guardado, pero no conocía la técnica para extraerlo. Simplemente sucedió poco a poco, mi conexión con las piedras se fue haciendo tan intensa que sin darme cuenta comencé a esculpirlas de manera tal que comenzaron a cantarme.

-Suena a discurso místico.

-Es que lo es. Tengo cinco mil años y soy el hijo de una piedra, de modo que todo lo que me rodea es místico. No sé por qué soy, pero así son las cosas.

-¿Usted de verdad cree que tiene cinco mil años?

Se ríe otra vez con esa sonrisa atronadora y franca.

-Es lo que siento. Si de tanto fundirme con las piedras me equivoqué de historia, no lo sé ahora. Tengo una madre biológica, mi madre humana, y otra mística, mi madre piedra. Lo mismo sucede con mi historia. No sé si notaste que antes de tocar una de mis esculturas, que más que eso para mí es una piedra, lanzo una plegaria. Lo que hago es agradecerle que vaya a compartir su sabiduría conmigo, y que me permita lanzarla al mundo.

-Entonces usted tiene cinco mil años, pero sigue con el entusiasmo por vivir y esculpir como si estuviese comenzando.

-Hace unos años me diagnosticaron cáncer de estómago. Mis hijos estaban muy afligidos, y la mayoría de los habitantes de la isla ya hablaba de mí en tiempo pasado. El día que entré al quirófano para la cirugía en la que me extirparían es estómago por completo, y me lo reemplazarían por un trocito pequeño de alguna parte de mi cuerpo,  los diarios de la isla ya escribían artículos que se parecían a homenajes a un difunto. Yo, en cambio, así como sé que tengo cinco mil años, sabía que aún me quedaban unos cuantos. Mientras todos a mi alrededor me lloraban, yo los saludaba de los más sonriente, tendido en la camilla, contando hacia atrás para que hiciera efecto la anestesia. Y aquí estoy, sanito y duro como un roble… perdón, como una roca, completamente recuperado y con mucho camino todavía.

Fire ritual on Megalithic Garden

Se levantó de la silla y fue a buscar una de sus tarjetas personales. En ella estaba su nombre y un párrafo que él mismo ha escrito hace ya mucho tiempo, quién sabe si casi cinco mil años:

Cuando no era y no era el tiempo

Cuando el caos dominaba el universo

Cuando el magma incandescente colaba el misterio

 de mi formación

Desde entonces mi tiempo está encerrado en una

 corteza muy dura

He vivido eras Geológicas interminables

Enormes cataclismos han sacudido mi memoria lítica

Llevo con emoción los primeros signos de

 la civilización del hombre

Mi tiempo no tiene tiempo.

Sonreí y entendí lo que decía. Aunque debía marcharme, como ya he dicho, no pude hacerlo. Pinuccio (ya es tiempo de llamarlo como lo hago habitualmente), para pasar la noche me ofreció una cabaña erigida en el campo de esculturas que había conocido al principio. Es un lugar místico, plagado de silencios y vida. Acepté con la promesa de que me iría al día siguiente, pero me quedé medio año, y otras visitas de allí en más se sucederían. Era una cabaña pequeña y rústica, con una habitación de dos por dos, un baño y un hornito, pero a la vez lo era todo para mí, un refugio y un lugar eterno. Seis meses de palabras y sonidos durante los cuales escribí Naturaleza Pétrea, una novela corta en prosa poética sobre su imaginaria infancia en la isla, y un ensayo titulado Nacido de una piedra, en el que analizo puntualmente los diferentes tipos de sus obras, sus rituales del fuego y otros asuntos que pronto la editorial Prova D’Autore publicará en Italia, y cuyos fragmentos están en este texto escondidos a manera de adelanto.

Un mundo tan fascinante que no sólo es imposible describir en este artículo, sino que incluso dos libros enteros se me han quedados cortos.

El fantástico mundo de Sciola.

Pinuccio Sciola

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